Todos estamos experimentando estrés ahora, desencadenado por el sufrimiento por la pérdida de seres queridos, pérdidas económicas y por el aislamiento. Lo importante es distinguir cuándo se requiere tratamiento profesional.

Los científicos aún no están seguros, pero creen que es posible que un virus como el SARS-CoV-2 afecte indirectamente el cerebro al causar poca oxigenación y excesiva coagulación. Lo que sí saben es que tiene un efecto perjudicial en la salud mental, y que puede ser duradero. Pueden producirse en quienes no tenían condiciones previas, pero son más graves en quienes estaban luchando con la depresión, ansiedad o estrés postraumático.

El doctor Husseini K. Manji, investigador en Neurociencias involucrado en el reciente desarrollo de un tratamiento para el trastorno depresivo mayor, explica que normalmente la angustia activa la parte del cerebro llamada sistema límbico, la cual lucha contra el estrés. Cuando pasa la amenaza, el sistema se aquieta. El problema que tenemos ahora es que el estrés se ha vuelto crónico y el sistema límbico no puede descansar.

Esto es especialmente cierto en un grupo que se ha vuelto vulnerable: los trabajadores de salud y de servicios de emergencia, a quienes deberemos poner atención durante la próxima década, dice el doctor Manji, jefe global de Neurociencias de la compañía farmacéutica Janssen Research & Development.

Por supuesto, está consciente de las dificultades: un trabajador de salud suele estar acostumbrado a no buscar ayuda para sí mismo. Una manera de reconocer la dedicación de este sector en estos tiempos debería ser asegurarse de que lo hagan.

“La salud mental no debería ser tratada diferente a la salud física. La gente (incluso los profesionales de este ramo) debería saber que hay tratamiento y que no hay vergüenza en necesitarlo y buscarlo”.

Dr. Husseini Manji

Buscar nuevas formas de vivir y producir

¿Cómo hacer para que las medidas por la pandemia, necesarias en determinado momento, no representen un riesgo para la salud mental de la población? El desajuste emocional podría ocasionar que, al salir de las medidas más estrictas, muchos salen a hacer la vida según la normalidad anterior, utilizando mal los implementos de bioseguridad.

“Tendríamos que moderar nuestras expectativas”, empieza diciendo la doctora Glenda Pinto, psicóloga clínica. “Hemos salido con relativo éxito de la cuarentena y pasamos a una etapa de mantenimiento, para luego ir a la adaptación. Mientras la situación sanitaria no nos ofrezca una garantía (vacuna), tendremos que encontrar nuevas formas de hacer las cosas”.

Hay grupos humanos, reconoce Pinto, que van a pasarlo peor que los demás. “La cultura latina es de contacto físico, de compartir la comida”, y por eso nos preguntamos seriamente cómo vamos a hacer para demostrar nuestros afectos.

Ahora, cuando se trata de alguien que ya tenía algún tipo de neurosis, ansiedad, nerviosismo, el cuadro es otro. “Están teniendo picos de ansiedad y estrés agudo, agravando su condición y creando fobia a salir”.

Otros son las personas mayores y quienes por sus diferentes situaciones médicas tienen desaconsejado dejar la casa. “Las depresiones son el pan del día entre los que consideramos ‘población de riesgo’”. Es importante manejar mejor estos términos, agrega la especialista, y ayudar a estos grupos a que no se sientan estigmatizados, amenazados o inutilizados.

Hora de replantearse los planes personales

Para moderar las expectativas, una clave es no torturarse con la pregunta cuándo. Cuándo habrá vacuna, cuándo habrá cura, cuándo cesarán los contagios, cuándo podré ir a una fiesta. Las fechas podrán variar dependiendo de los acontecimientos. “Tendré que ir adaptando mis planes de acuerdo a lo que dispongan las autoridades sanitarias e informarme de cómo proceder al pasar de una etapa a otra”.

  • A corto plazo. “Trataré de resolver lo que está a mi alcance. Mis comidas, mi trabajo, mis actividades caseras. Haré lo que puedo”. Ocuparse antes que preocuparse.
  • A mediano plazo. “Planificaré qué puedo adelantar de mi trabajo, resolveré pagos pendientes”.
  • A largo plazo. “Diría que, por el momento, dejemos los planes a largo plazo de lado, porque no lo podremos resolver y nos causará más desazón”.

Es importante también aprender a sustituir las emociones desagradables del distanciamiento y la cuarentena. No piense que ha perdido oportunidades que esperaba, enfóquese en el tiempo que ahora tiene para aprender algo que siempre quiso, hacer reparaciones en la casa. “Esto no va a durar toda la vida, así que debo aprovecharlo para mi desarrollo personal”.

Otra emoción común es la frustración. “Yo había planificado mi vida, y muchas cosas se vinieron abajo”. La frustración es natural, responde a las situaciones. Requiere gestión emocional, que es la parte que, en opinión de Pinto, falta profundizar.

De lo contrario, se podría reaccionar ante un panorama abrumador con emociones como la negación, uno de los mecanismos de defensa del cerebro. “El sistema límbico, que se activa ante las emergencias, nos dice que estamos en peligro. Activa el miedo a la muerte, a la enfermedad, al contagio. La mente pone un velo de negación: ‘Esto no es verdad, es una conspiración mundial, nos están mintiendo’”.

Ante esto, Pinto recomienda seleccionar bien la información que consume. “El sistema inmunológico se deprime cuando me invaden las emociones negativas, y nos quedamos sin recursos. La salud mental puede ser más determinante que la física en ciertos momentos”.

Durante la pandemia, opina, también hemos tenido logros. Por ejemplo, hemos tenido que aceptar que no cuidamos el sistema inmunitario. “Haga lo que le viene mejor para su bienestar”, resume Pinto. No se pase de las ocho horas de trabajo. Haga ejercicio. Coma algo especial, si gusta. Y libérese de expectativas que le hacen daño.

Causas emocionales y físicas de la depresión

El doctor Eduard Vieta, jefe de Psiquiatría y Psicología del Hospital Clinic, en Barcelona, compartió el pasado 7 de julio los resultados de un estudio reciente en España, con más de 4000 participantes. “Durante la etapa más estricta de la cuarentena, más de la mitad de las personas habían desarrollado problemas de ansiedad, la mayoría leves, y el 12 % de casos moderados y graves”, explicó el médico durante el webinar “Salud mental en tiempos de pandemia”, organizado por Janssen Latinoamérica.

La demanda de ayuda se ha complicado en países como España. El temor de contagiarse hizo que la consulta psiquiátrica y psicológica se paralizara para muchos pacientes con cuadros agudos.

Pero no son los únicos. Es posible desarrollar depresión por primera vez a partir de la COVID-19, y esto no tiene solo una causa emocional, sino que es una reacción a los procesos químicos que se disparan en el cuerpo con la enfermedad.

El contexto en EE. UU.: aún es demasiado pronto para dar conclusiones

Sin embargo, no todos los profesionales de este campo creen que la situación sea tan grave, reportó recientemente el New York Times. En el contexto estadounidense, las cosas se ven distintas. “En casi todos los desastres, la gran mayoría de la población puede manejar sus emociones”, explicó Steven Southwick, profesor de Psiquiatría en la Universidad de Yale, quien ha trabajado con sobrevivientes después de cataclismos y tiroteos masivos. “Muy pocos saben cuán resistentes son en realidad hasta que enfrentan circunstancias extraordinarias”.

Otros investigadores argumentan que la angustia psicológica tarda algún tiempo en convertirse en el tipo de trastorno persistente que obliga a buscar tratamiento. Por ejemplo, uno de los elementos que definen el trastorno de ansiedad generalizada es una ansiedad excesiva prolongada por lo menos seis meses.

En el estrés postraumático, que surge al experimentar una situación que ponga en riesgo la vida propia o la de un ser querido o al ver morir a otros en una unidad de terapia intensiva, los efectos deben persistir por lo menos tres meses para que se pueda diagnosticar un padecimiento crónico.

La angustia psicológica tarda algún tiempo en convertirse en el tipo de trastorno persistente que obliga a buscar tratamiento.

A principios de este mes, la revista de la Asociación Médica Americana publicó una encuesta realizada a 1468 adultos estadounidenses. Dirigió el proceso Emma Beth McGinty, de la Escuela de Salud Pública Bloomberg de la Universidad Johns Hopkins. Se descubrió que el 14 % de las personas exhibían niveles altos de ansiedad psicológica, en comparación con un promedio del 4 % durante la era previa a la COVID-19. También se reveló muy poca diferencia en los sentimientos de soledad de los encuestados en comparación con los promedios antes de la pandemia.

Este trabajo se realizó en abril, justo cuando se pusieron en marcha en Estados Unidos el cierre de actividades y la orden de quedarse en casa. “Podríamos plantear como hipótesis que (en ese país) el estrés ha bajado, ya estamos más acostumbrados a esta situación y el mundo se ha reactivado un poco”, dijo McGinty. 

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